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La era de los estúpidos

Agosto 4, 2017
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Un interesante documental británico presenta una imagen futura de la Tierra como un planeta caluroso, inundado, empobrecido, caótico; todo ello a consecuencia del cambio climático y de la destrucción ambiental. Y plantea que, en ese remoto futuro, la humanidad (que ha logrado sobrevivir precariamente), conocerá a nuestros tiempos, los comienzos del siglo XXI, como ‘la era de los estúpidos’, de manera similar a las llamadas ‘era de los dinosaurios’ o ‘era atómica’.

¿Pero, por qué seríamos conocidos como estúpidos en el futuro? Porque, a pesar de tener en nuestras manos un mundo todavía habitable y los avances científicos y tecnológicos más notables, no entendimos la gravedad de nuestros impactos sobre el Planeta, no evitamos su destrucción ambiental ni el empobrecimiento de la mayoría de sus habitantes, y convertimos el paraíso heredado en un infierno de nuestra propia invención.

Una consideración similar cabría para analizar, a una escala local, lo que está pasando en las islas. De seguir como vamos, acabaremos con el paraíso natural y social que heredamos de nuestros antepasados y convertiremos al Archipiélago en un pequeño infierno caótico. San Andrés ha dado grandes pasos en tal sentido; Providencia y Santa Catalina parecen, según diversos síntomas, decididas a imitarla.

En San Andrés la destrucción empezó con la declaratoria del Puerto Libre, que para nuestros anales históricos sería el inicio de nuestra era de los estúpidos. En la cual persistimos a pesar de que no faltaron llamadas de atención que trataron de evitarlo. Hacia 1970, el profesor Julio Carrizosa Umaña, por entonces director del Instituto Geográfico Agustín Codazzi IGAC, escribió un artículo clarividente. Allí planteó que San Andrés tenía la opción de convertirse en la “isla de los sabios”, a partir de la población raizal, cuyos niveles de educación, muy elevados en ese entonces según señalaba el profesor, hacían posible el sueño de un desarrollo basado en la cultura; un desarrollo armónico, que hoy llamaríamos sostenible, con turismo de alto nivel basado tanto en los atractivos naturales como en los históricos y humanos.

Como alternativa planteaba que San Andrés podría convertirse en una ‘isla de las baratijas’, de seguir tendencias evidentes ya en ese tiempo; como sabemos, esto fue lo que ocurrió. Primó el interés económico inmediato del comercio de baratijas (léase electrodomésticos, licores, perfumes y chucherías varias), y del contrabando subyacente. La alternativa cultural, que por cierto no era incompatible con el desarrollo de un comercio significativo y de hecho lo habría favorecido, se hundió en el olvido.

Desde entonces se ha profundizado en el modelo precario que tiene en riesgo todo el patrimonio natural y humano de las islas, proceso al cual hemos contribuido todos, por acción o por omisión, pero en especial los gobiernos tanto nacionales como locales. La situación persiste, pues el modelo es favorable económicamente para algunos, y ello es presentado por el gobierno como un éxito, así sea suicida. Y no hay síntomas reales de cambio que puedan dar esperanzas, aunque San Andrés tiene bases, así sean cada vez más débiles, de donde renacer; aún puede ser una isla Fénix, que renazca de sus cenizas. Sobre los habitantes de estos inicios del siglo XXI recaer la responsabilidad de posibilitarlo o el riesgo de merecer el calificativo mencionado.

Providencia y Santa Catalina son un caso complejo, que envía señales contradictorias. Salvaguardadas por San Andrés, que recibió la mayoría de los grandes impactos, se mantuvieron bastante al margen de los procesos más dañinos hasta tiempos recientes; por ello aún tienen la posibilidad de orientarse hacia formas más inteligentes de aprovechamiento de su patrimonio, que es muy valioso.

El gobierno local, a veces, parece entenderlo así también y adelanta proyectos en tal sentido; pero por otra parte propicia algunos que dejan muchas dudas. Por fortuna, se cuenta con grupos de personas vigilantes que, a veces costa de sus propios intereses, están decididas a defenderlas, a cuestionar proyectos dudosos, a buscar formas más armónicas de obtener de ellas la riqueza que están en condiciones de generar, y que estas para la sociedad local.

Pero no todo es bueno. El gobierno nacional persiste en que más es lo mismo que mejor, y quiere replicar en Providencia el modelo sanandresano de turismo masivo de bajo costo. Por otro lado, la venta de los mejores terrenos de las islas a foráneos, propiciada por isleños o residentes que se alían con aquellos para hacer fraude a la ley a través del testaferrato, amenaza con crear una situación similar a la de San Andrés, donde el 75% del territorio es hoy propiedad ajena. Los raizales sólo conservan predios marginales, de menor valor, lejos del mar y con limitado potencial económico. Providencia y Santa Catalina van por el mismo camino.

¿Qué nos espera? ¿Pasaremos a la historia como la era de los estúpidos?

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